Durante uno de esos veranos en los que Raúl Soldi trabajó en su monumental obra de murales, en la que mezclaba elementos sacros con tópicos de las costumbres locales, el artista adquiere una vieja casona en la que antiguamente había funcionado un almacén de ramos generales a sólo cien metros de la Capilla de Santa Ana. Su intención es establecer allí una biblioteca para el pueblo y completar de esta forma su obra cultural.